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CAPITAN SKY Y EL MUNDO DEL MAÑANA
(Sky Captain And The World Of Tomorrow)

Estados Unidos, 2004


Dirigida por Kerry Conran, con Jude Law, Gwyneth Paltrow, Angelina Jolie, Giovanni Rivisi, Michael Gambon, Ling Bai, Laurence Olivier.



Tres hechos fueron cruciales en el reconocimiento general de la ciencia-ficción del siglo XX: el avance en el campo de la genética, la bomba atómica de 1945 y la llegada del hombre a la luna en julio de 1969. Todos ellos están hermanados por un mismo factor, que funciona como eje del género: la tecnología. A lo largo de los años las consecuencias y transformaciones que a partir de ella se producen pueden figurarse como un síntoma de los tiempos. De las fábulas tecnocráticas de Heinlein y las oscuras profecías de Philip Dick hasta el Apocalipsis urbano de Ballard, la mirada hacia el futuro fue desencantándose a medida que el hombre reincidía en sus catástrofes.

Desde esta perspectiva parte otra mirada, una concepción melancólica y evocativa del pasado desde el futuro –gran parte de la obra de Bradbury–; historias que evocan las aventuras de Verne o el primer Wells y rememoran los antiguos seriales que reinaron en los años '30.

Allí se ubica Capitán Sky y el mundo del mañana, en un terreno de reminiscencias nostálgicas elaborado por la más alta tecnología a disposición. Esta opción es todo un reconocimiento y el centro de una larga discusión entre la ortodoxia más llana del cine y las nuevas (y no tan nuevas) generaciones de cineastas recostados en la era digital. El film recrea las antiguas temáticas de los pulps utilizando escenarios creados digitalmente. Para ello fusiona influencias expresionistas y futuristas amalgamadas en una fotografía sepia que ayudan a una puesta en escena extraída de los comics de antaño.

Sin embargo, esta suerte de experimentación está lejos del vanguardismo que muchos le quisieron endilgar; de hecho existe un antecedente cercano (no tan radical y mucho menos feliz) llamado La sombra, dirigido en 1994 por Russell Highlander Mulcahy.

La opera prima de Kerry Conran se postula como una obra épica en honor al pasado. En su intento por abarcarlo todo (basado en un amplio conocimiento del género) el director no duda en integrar aventuras, viajes, robots y genios malignos al servicio de una utopía psicótica: cimentar un monolito que venza al tiempo. En su carácter de resucitador Conran recupera una estética casi olvidada y la eleva a la décima potencia, además de revivir, con material de archivo, a sir Laurence Olivier para darle vida al Dr. Totenkopf. Las referencias cinéfilas son otra muestra del carácter historicista del film: desde King Kong pasando por el clasicismo de El mago de Oz hasta llegar, incluso, a La historia sin fin. Pero este viaje temporal ampliamente pletórico no hace más que canibalizar sus influencias y disponerlas de forma ordenada sobre un paño... que carece de toda vida. Hace algunos meses Rob Zombie demostró con 1000 Cuerpos la posibilidad de fusionar pasado y presente en un proyecto único, sin tentarse por la cita excluyente o el tributo cinéfilo más allá de su propósito.

Dicha carencia excede el ámbito de producción para contaminar también a los personajes. Desde la trilogía de Indiana Jones (otro producto basado en los seriales de los '40), un hecho innegable fue el enorme carisma y una cierta ambigüedad en los héroes. Desde ya que el Capitán Sky no es Mr. Jones y Kerry Conran tampoco es Spielberg, pero el desgano y la frialdad de sus protagonistas (especialmente la dupla protagónica Law-Paltrow) terminan de impedir que la sobre-estilización y el cálculo pormenorizado desplieguen algún atisbo de calidez.

Maurice Blanchot (en una cita rescatada por Elvio  E. Gandolfo para una antología de cuentos) aseguraba que la ciencia ficción "es un ejercicio esencialmente intelectual donde lo que se busca es siempre la puesta en duda de nuestros supuestos básicos. Literariamente este empleo de lo imaginario ha producido algunas obras sorprendentes, pero sobre todo ideas sorprendentes de obra."

En el trabajo de Conran, en cambio, todo esta previsto y automatizado, no hay incertidumbres. Y sin incertidumbres no hay vida. Ya lo advertía la canción: el futuro ya llegó.

Bruno Gargiulo      


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