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EL ESCRITOR OCULTO
(The Ghost Writer)

Francia-Alemania-Inglaterra, 2010



Dirigida por Roman Polanski, con Ewan McGregor, Jon Bernthal, Kim Cattrall, Pierce Brosnan, Tim Preece, James Belushi, Olivia Williams, Timothy Hutton, Eli Wallach, Tom Wilkinson.



“Las películas son una conspiración” es una de las mejores líneas de diálogo que se han escrito sobre el cine y para el cine. La dice Gena Rowlands en Minnie and Moskowitz, de John Cassavetes. Polanski, que dirigió a Cassavetes en El bebé de Rosemary, debe estar de acuerdo con ella, porque gran parte de sus películas tratan sobre individuos inmersos en redes conspirativas de proporciones cósmicas, en las que no pocas veces está involucrado el mismísimo Demonio. Pero como El escritor oculto está más cerca del policial que del terror, aquí el Demonio es Mujer aunque, a fin de cuentas, la identidad sexual última de la conspiración es indescifrable por múltiple. Me dirán que la película identifica claramente a una serie de personajes con instituciones y dobles de la vida real, pero lo cierto es que Polanski arma un orden ficticio perfecto y cerrado que no incide en modo alguno sobre el exterior. La CIA y los Estados Unidos quedan muy mal parados, el Adam Lang de Pierce Brosnan es una sombra de Tony Blair, pero nada de eso importa mucho, quizá porque ya todos sabemos que el mercado incorpora a su engranaje todo gesto subversivo y lo mella hasta hacerlo funcional a sus intereses. Lo que queda, entonces, es un excelente thriller anacrónico, por más que mencione a Irak y transcurra en el presente. Anacrónico porque huele a Hitchcock y al cine de espías filmado durante la Guerra Fría, porque muestra aviones de verdad y otros de utilería para minar la ilusión mimética, porque su sarcasmo es brillante, porque está poblado de actores adultos que llenan la pantalla con sus cuerpos y sus voces (los 5 minutos de John Belushi que hacen pensar en Rod Steiger, la malicia sensual de Olivia Williams que pervierte el recuerdo que teníamos de ella como la maestra de Rushmore, el culo de Kim Cattrall bajo la ceñida pollera de secretaria, el autocrítico encanto de Brosnan, la frialdad cínica de Timothy Hutton: una galería de no estrellas formidables por su cercanía), porque no se deja formatear por la moda tecnológica, porque presenta personajes y situaciones concretas, porque su eficacia narrativa es la más política actitud que un director puede manifestar trabajando dentro del contexto corporativo del cine actual (Polanski, igualmente, ha sido siempre un desubicado: desertor del realismo socialista, desclasado del clasicismo que flirtea con las oscuridades de la contracultura sin salirse de la industria, perverso confeso, chivo expiatorio del puritanismo político, eterno extraditado, polaco errante).

El del título original no es un escritor oculto sino un ghost writer: escritor fantasma, artista por encargo, amanuense contratado para redactar las memorias orales de un ex primer ministro británico que se ve abandonado por sus pares cuando está a punto de ser llevado ante el Tribunal de La Haya. Lo fantasmal no viene a título de ningún rasgo estético ni vuelta de tuerca alguna ligada a lo fantástico, sino a la invisibilidad de alguien que, sin participar directamente de la acción, sabe demasiado de ella pero no puede decírselo a nadie so pena de perder algo más que su trabajo. Polanski juega con la figura del ghost writer como representante del espectador tironeado entre el deseo de ver mucho más allá de lo debido o conveniente y el miedo de hacerlo. La secuencia del automóvil cuyo sistema de ubicación –casi un piloto automático– se obstina en conducir al propio conductor es una de las más brillantes puestas en escena de la manipulación consentida que operan las ficciones sobre todos nosotros. Ewan McGregor va al coche al muere y lo sabe, pero la curiosidad puede más. Zafa porque cuenta de antemano con la sospecha de que han asesinado a su predecesor, pero ¿por cuánto tiempo más podrá zafar? En el final, que no revelaremos, hay ecos del último plano de La invasión de los usurpadores de cuerpos, película paranoica por antonomasia. Y viene a revelar no sólo el peligro en que se halla el protagonista, al fin y al cabo otra pieza prescindible más de un rompecabezas global, sino la entera humanidad. El efectismo del desenlace, que puede ser criticado por su forzado nihilismo, no es otra cosa que una convención destinada a replegar la película sobre sí misma, reteniéndola en los estrechos límites de la ficción. Para un militante, no será otra cosa que un signo de resignación naturalizada. Para un fatalista, la última broma cómplice de un descreído.

Marcos Vieytes      

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