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LA VIDA ES BELLA
(La Vita È Bella)

Italia, 1997


Dirigida y protagonizada por Roberto Benigni, con Nicoletta Braschi, Giorgio Cantarini, Giustino Durano, Marisa Paredes.



Llaman la atención los ríos de tinta que hizo correr La vida es bella. No tanto en Norteamérica
–que parece estar curándose del espanto a reírse de tal o cual cosa– como en ciertas capitales europeas y aquí, en Buenos Aires. Lo que se discutía, en resumidas cuentas, era si la película de Roberto Benigni le faltaba o no el respeto a la memoria del Holocausto. Si corresponde o no montar una comedia en torno de tan magna tragedia histórica.

Los debates casi nunca dejaron de girar en torno de ejes falsos ya que La vida es bella, para empezar, no tiene mucho de comedia. O más exactamente: lo pierde en la medida en que el Holocausto va adentrándose en la narración. La primera parte, que funciona bastante bien, relata el crecimiento del romance entre Guido (Benigni) y Dora (Nicoletta Braschi, a la sazón su verdadera esposa), y ahí reside la mayor parte de los gags. Que están insertos en situaciones cómicas muy bien pensadas, algunas de largo aliento, generalmente deudoras de cierto tono chaplinesco. Para mejor, el peso y la proliferación de las monigotadas de Benigni (cuya calidad de director despega, ahora, de su mayormente hartante desempeño histriónico) han sido acotados al máximo.

La segunda parte está ambientada en el campo de concentración, en el que Guido toma fuerzas para convencer al hijo de que el Holocausto es otro juego, nada más. A partir de aquí el realizador se toma mil y una licencias para sostener este planteo en el tiempo, sin abandonar del todo la comedia ni dejar de honrar a cada una de las convenciones de la "corrección política". No siempre consigue lo primero (ya que sí lo último). El tiempo ficcional, por caso, quiso que Dora, Guido y el pequeño Josué pasaran años en aquel infierno (declarados por diversos signos). Pero el lapso que se le sugiere al público –por la poca variación de las acciones, los ánímos y aun los estados físicos– es de una semana. O a lo sumo, dos. Esta astucia (con la que Benigni sugestiona al público como Guido a Josué) hace que el indeclinable empuje de Guido resulte más creíble, más factible. ¿Pero no resulta menos conmovedora, entonces, la dimensión de su entrega?

Los artilugios de Guido para entretener al niño interfieren rara vez con las rutinas concentracionales dispuestas por los nazis. La veracidad, la Historia, en este punto hubieran conspirado contra la permanencia de ese largo sketch que, como un show aparte, protagonizan padre e hijo en un espacio virtualmente liberado de los opresores. No deja de ser razonable: el aislarlos focaliza el vínculo, y lo contrario hubiera sido poner en primer plano ciertas truculencias que aquí fueron confinadas a un espacio-tiempo insinuado, ajeno al que se ve en pantalla. ¿Pero no pierde hondura un drama –y especialmente uno edificado en torno de una anécdota como la que nos ocupa– cuando su fondo trágico se pone en fuga?

En fin. También es cierto que el trabajo actoral de Benigni y en cierta medida el del chico (Giorgio Cantarini) inducen más de una vez a hacer la vista gorda frente a semejantes desajustes. A pagar el precio de las convenciones para dejarse arrebatar por la ternura, el compromiso y el coraje de ese padre, finalmente traducido –largamente honrado– en la sonrisa de su benjamín. Pero las convenciones están. Pesan, distraen.

La comicidad de esta segunda etapa, en tanto, no sólo es  tenue por los pocos gags, sino porque las imágenes reales del Holocausto (o mejor dicho: las imágenes del Holocausto real) siguen vigentes, y presentes, en la conciencia colectiva de la Humanidad. Es decir, del público.

Guillermo Ravaschino     

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