Don Quijote con su caballo, Sancho con su burra (aunque andan mayormente a
pie). Una campiña ilimitada, sin señales de civilización ni "marcas de
época" a la vista. Una acción prácticamente nula: caminan, se detienen,
duermen; se despiertan, caminan, se sientan; etcétera.
Si la intención
del director fue hacer pesar cada minuto de "aventura" en el espectador,
conmigo lo consiguió: el tercer día de la caminata de Quijote y Sancho me
encontró sintiendo que hacía 72 horas que había empezado la película. Por
cierto que esto no se traducía o prolongaba en reflexiones, sino en
hartazgo.
Honor de
cavallería ofrece diálogos minúsculos muy de vez en cuando, todos ellos
en idioma catalán. Son del tipo: "Sujeta esto, Sancho." "¿Llovió?" "Vamos
para allá." "Va a salir el sol." "¿Te gustan los perros, Sancho?" Por el
lado de Sancho vaya y pase, porque el gordito Lluis Serrat, palabra más,
palabra menos, resulta bastante simpático. Pero el Quijote de Lluis Carbó
parece un anciano esclerótico, o en el mejor de los casos empastillado, al que hubieran secuestrado de un
geriátrico, o neuropsiquiátrico, para encajarle el rol.
El film tampoco
tiene buena fotografía (ha sido iluminado por el sol, pero en sentido
estricto: a la buena de Dios, como si el astro rey fuera su director de
fotografía… y cuando el sol se apaga –cosa que ocurre muchas veces, porque
abundan los crepúsculos– ya no se ve casi nada), ni ha sido bien rodado (la
cámara en mano se mueve sin ton ni son, como en las filmaciones hogareñas, y
campean los desenfoques).
¿Estamos ante el
producto de un imbécil que sólo intenta decirnos que el Quijote era un
imbécil? Ay, yo no sé. He buscado y rebuscado en Internet, en críticas, en
reportajes y en declaraciones del realizador, a ver si aparecían las ideas,
la inteligencia o la poesía ocultas, tan ocultas que se me escapaban por
completo, detrás de esta película de 100 minutos a la que a la media hora yo
ya le perdonaba todo, absolutamente todo, con tal que terminase lo antes
posible. Pero no aparecieron. Lo que sí encontré son renovadas pruebas de un
sistema perverso, constituido por funcionarios, "cineastas" y "expertos" que
confunden mediocridad artística con independencia artística, y lo hacen con
tanto ahínco que logran instalar engendros como éste en las competencias
oficiales de festivales internacionales como el de Mar del Plata.
Guillermo Ravaschino
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