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EL VIOLIN

México, 2005



Dirigida por Francisco Vargas, con Angel Tavira, Gerardo Taracena, Dagoberto Gama, Mario Garibaldi, Fermín Martínez, Silverio Palacios, Octavio Castro.



Este es el primer largometraje del mexicano Francisco Vargas, y uno de los más premiados entre los que ese país paseó por festivales cinematográficos internacionales de fecha reciente. Es natural: su presupuesto es bajo y la calidad de su factura, alta. Lo primero que impacta, justamente, es la formidable iluminación de Martín Boege sobre las imágenes en blanco y negro: unos contrastes fuertes, pero a la vez muy sutilmente matizados, escalonados, a tal punto que impresionan incluso cuando se los proyecta en video.

La historia transcurre en una selva rodeada de campos sembrados. Allí se enfrentan militares y guerrilleros, aunque sería más exacto decir que los militares persiguen, cazan y torturan a los guerrilleros (como a todo sospechoso de serlo), mientras que estos últimos escapan, se esconden, se reagrupan y buscan el mejor momento para contraatacar.

Al terceto protagónico lo integran el viejo Plutarco, su hijo Genaro y su nieto Lucio. Genaro es guerrillero, y todo indica que Lucio, cuando le llegue la hora, también lo será. El viejo es manco, pero aprendió a tocar el violín atándose el arco al muñón que luce donde otrora estaba su mano derecha (Angel Tavira el de la foto también es manco, y un actor no profesional que debutó de anciano para alzarse gracias a este, su primer papel, con el justo premio a Mejor Actor del último Festival de Cannes). La cuestión es que los guerrilleros necesitan golpear al Ejército para recuperar prisioneros y armas, pero están varados en la selva, con muy pocas municiones. Esta situación, sumada a la condición de músico y anciano de Plutarco, convertirá a este hombre en el espía ideal: a lomo de burra, violín en mano, se las rebuscará para ir todos los días al cuartel cercano, donde hará buenas migas con el oficial al mando con el objetivo de robar secretos, balas y las armas que encuentre.

Aunque el acento de los personajes y otros pocos datos sugieren que la acción está ambientada en México en algún momento de la década del '70, no hay ninguna indicación precisa de lugar, ni de tiempo. No es un error, sino un acierto, porque una historia como esta podría transcurrir en casi cualquier país latinoamericano; en casi cualquier época del siglo XX, o del que recién comienza. Respecto de la ideología, o la política, la indeterminación es aun mayor: en ningún momento se discuten motivos, se declaman reivindicaciones ni se fundamentan causas. ¿Falta de compromiso? ¿Planteo "lavado"? Tampoco. El punto de vista del relato está tan cerca (y tanto tiempo) de Plutarco, Genaro y Lucio, que la identificación con ellos, y por carácter transitivo con su causa, es una opción ineludible para el espectador. En este punto, es como si el film dijese: ¡no vamos a perder el tiempo discutiendo de qué lado hay que ponerse! El que no lo diga con palabras, sino con su gramática específica, lo salva del ridículo y lo aproxima a films muy otros, que en contextos muy diversos dijeron algo parecido con lenguaje similar (Corazón valiente, sin ir más lejos). Pero esto tiene otra razón de ser: la sustancia de El violín es esencialmente afectiva, y los afectos (en el cine, al menos) no suelen ser amigos de las palabras. La entrega y la valentía del anciano, en este sentido, son rasgos puramente cinematográficas: se imponen lentamente, suavemente, a fuerza de reiteración y acción. Sin que nadie las nombre; sin que nadie las registre, siquiera, durante buena parte del metraje (deben saber que el viejo se manda solo al cuartel; sin que se lo pidan y sin avisar).

Los diálogos también los hay entregan sus mejores formas en los intercambios entre Plutarco y su nieto, que consolidan la vertiente emocional al tiempo que habilitan un puñado de respetables momentos dramáticos. Genaro, en cambio, luce demasiado enfático en la interpretación que Gerardo Taracena, acaso preocupado por la parquedad verbal del rol, ofrece del guerrillero que le tocó en suerte.

También hay que decir que la fotografía, los paisajes, los encuadres, el propio tema (que tiene que ver con el honor en circunstancias en las que está en juego la supervivencia) y hasta la melodía del violín del título (que es música funcional pero se convierte una y otra vez en incidental, despegando libremente de la acción para ambientar la atmósfera) permiten contemplar esta película como si fuera un Western. Y de ese modo, si es que cabe, disfrutarla todavía un poquitito más.

Guillermo Ravaschino      


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