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LA LIBERTAD

Argentina, 2001


Dirigida por Lisandro Alonso, con Misael Saavedra, Humberto Estrada, Rafael Estrada, Omar Didino.



La libertad es un film singular. Su trama son las cosas que le ocurren a un hachero de La Pampa (en la República Argentina) a lo largo de todo un día. No de un día especial, poblado de inusuales anécdotas, sino de uno de sus días típicos. Aquí no hay actuación en el sentido habitual del término. Este joven, protagonista casi excluyente, es el verdadero hachero Misael Saavedra haciendo de sí mismo.

La historia tampoco es tal cosa. O sí lo es, en la medida en que consideremos que una no-historia, es decir la renuncia a elaborar un tema (condensando o relegando determinados aspectos, destacando ciertos otros), es también una historia. No es que no haya elaboración, siempre la hay. Cada encuadre de La libertad es el resultado de la decisión de mostrar algo (y no otra cosa), y lo mismo ocurre con los tiempos, ya que 20 o 24 horas fueron reducidas a los 73 minutos que insume la proyección. Pero estas son decisiones obligadas. Y todas ellas apuntan en la misma y férrea dirección: trasladar el día de Misael a la pantalla sin agregarle un punto ni quitarle una coma.

Desde lo primero que hace nuestro personaje-persona, que es buscar un buen lugar en el monte para evacuar sus intestinos, hasta lo último, que es cocinarse una mulita (o tatú carreta) a la parrilla, cada acto en ese día tiene en el film un peso idéntico al que tuvo (o debió tener; uno lo infiere fácilmente) en la vida real de Misael. Naturalismo extremo, se diría, o si lo quieren más fashion: minimalismo. Entre una cosa y otra, puede verse al chico caminando; marcando los árboles que luego hachará (en tiempo real, o casi) y "pelará" (descortezando) hasta reunir los 15 postes que malvende a un intermediario a razón de peso ochenta la unidad. También cavará una zanja y talará más de un tronco ancho con la ayuda de una motosierra, hablará por teléfono preguntando por la madre, dormirá una siesta, escuchará la radio y otros pocos etcéteras. Muchas de estas acciones consumen largos minutos, bastantes más de los que hubieran sido necesarios para reflejarlas. Pero claro, se trata de una decisión estructural... de una cuestión de estilo. La libertad es, pues, un film estilizado.

Ya habrán adivinado que también es una película difícil. Aburrídisima para los unos, que no tolerarán ni los primeros diez minutos de este cine descriptivo; excelsa para los otros (más de un crítico ya dio su veredicto en este sentido), que percibirán una obra maestra, rigurosa, plena de humanidad y respeto por su personaje. Por mi lado, no puedo menos que apreciar la dedicación de Misael Saavedra, que consiguió "no actuar" su vida (sino vivirla) frente a una cámara que lo sigue bien de cerca durante mucho tiempo. En este sentido, a mí me resultó más entrador y llevadero que las criaturas que animaron Gran Hermano (dicen que se los guionó, pero siempre los aguanté tan poco que no estoy en condiciones de confirmarlo). También se nota un gran rigor formal en la captación y administración de los espacios, los tiempos y los sonidos (esto incluye hachazos, motosierra y pájaros captados con impactante realismo), siempre al servicio de la misma premisa: dar cuenta de ese día con meticulosa fidelidad. O en otras palabras, reflejar la vida del hachero sin entrometerse para nada en ella. (Digresión: el final es la excepción a la regla, ya que el plano con que el film acaba marca una cercanía inédita, una intimidad... la invasión tan esquivada.)

Lo que tampoco puedo soslayar son las siguientes preguntas: ¿hasta qué punto tiene sentido la empresa? ¿No tiene derecho el espectador a esperar exactamente lo contrario: una mirada sobre lo que se narra? El respeto por los personajes y las historias es un asunto delicado. (Ya nos ha ocupado en relación con el cine del iraní Abbas Kiarostami, varios tramos de cuyas películas parecen revivir en esta.) Y en más de un segmento de La libertad a uno se le ocurre que esta clase de respeto sugiere la impenetrabilidad de un tema y, en última instancia, cierta clase de impotencia artística. Como si nada pudiera decirse de un hachero pampeano.

Guillermo Ravaschino     

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