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ARGENTINA LATENTE

Argentina-España-Francia, 2006


Largometraje documental dirigido por Fernando Pino Solanas.



El tercer documental de Solanas sobre la Argentina forma parte de esa n-logía (van tres y se viene una cuarta, pero Pino parece con ganas de ir por más) que se inició con Memoria del saqueo y continuó con La dignidad de los nadies. Como para todos los argentinos, la crisis del 2001 marcó un punto de inflexión en la carrera de Solanas, que lo llevó a sacar la cámara a las calles y documentar el estado de las cosas. En Argentina latente, el director se muestra interesado en rescatar, con esperanzador optimismo, las capacidades y voluntades ocultas de nuestra comunidad científica, universitaria, docente y trabajadora. "Si se pudo, se puede" nos dice desde el afiche. Pero ese "se pudo" no se agota, como podría imaginarse, solamente en el primer peronismo o en su propia participación política reciente. Desde la Revolución de Mayo y el cruce de los Andes, hasta los últimos desarrollos en tecnología satelital y la concepción horizontal de la división del trabajo en una fabrica recuperada: toda nuestra historia, nos dicen Solanas y sus fugaces protagonistas, está plagada de ejemplos del "se puede". Un se puede digno y entusiasta, lejos del tristemente célebre slogan de aquella campaña de Angeloz.

¿Qué es un documental en el siglo XXI? ¿Cuál debería ser su forma, su ética, su acercamiento a la realidad? Podríamos discutir extensamente sobre las posibilidades actuales del género y los caminos por los que transita, pero este documental no parece otorgarnos la ocasión precisa. Solanas es un autor consagrado desde hace mucho tiempo y su interés principal no pasa por preguntarse por el sentido estético sino por despertar el debate político. Se nota desde el principio: cuesta acostumbrarse al tono didáctico que su voz, en off, le imprime a la película. Por suerte esta herramienta narrativa, tan usual en el formato televisivo que adopta el film, se hace cada vez más breve y espaciada a medida que transcurre el largometraje. El director tampoco reflexiona sobre la aparición de su propio cuerpo en escena. Se deja ver en breves oportunidades, y el sentido drámatico de su corporalidad es aleatorio: puede aparecer para dar un abrazo a un entrevistado quebrado por los recuerdos de la dictadura militar, o sentarse en una mesa ejecutiva a dialogar con un científico, pero también opta por mantenerse ausente en situaciones similares.

Tampoco le interesa valerse de las reglas genéricas de la ficción: su viaje por el territorio nacional no es una road-movie porque carece, justamente, de viaje. Las viñetas se encadenan por elipsis y el recorrido se nos escamotea. El interés que despierta la pareja protagónica del episodio de los Astilleros Río Santiago, un par de amigos fieles e inseparables que atravesaron con coraje y dolor la dictadura militar y el intento de privatización durante el menemismo, proviene directamente de las buddy-movies, y si bien Solanas parece notarlo, rápidamente abandona el relato personal para volver a la mirada política, más general.

Lo que persigue este cineasta es la posibilidad de cambiar la mirada cultural que los argentinos tienen sobre sí mismos, especie de mentalidad colonial que los llevaría a pensar que este país no es capaz de mejorar porque la corrupción, la falta de cultura y de capacidad se lo impiden. Por eso no se detiene más que lo necesario en los distintos focos de atención; ningún tema es profundizado lo suficiente como para que lo comprendamos en su especificidad: por ejemplo como trabaja un reactor nuclear, o qué pauta siguen los trabajadores de una fábrica tomada en su organización laboral. Basta con que quede definido en una línea de diálogo. Incluso en ocasiones ese diálogo está editado sin importar que su entonación indique claramente que la oración continuaba y fue cortada a la mitad. Alcanza con la mención mínima de lo que Solanas quiere, a través de sus entrevistados, que demos por sentado, como para que podamos pasar a lo que verdaderamente le interesa comunicar al director: que se puede tomar las riendas de una economía hoy entregada, que hay una modalidad de industria distinta de la que proponen las multinacionales, que hay recursos naturales y humanos para salir adelante, y que solo falta voluntad política empujada por un pueblo que crea que se puede recuperar la soberanía y salir adelante.

Hay que decir que por momentos Solanas logra convencernos. Sus trabajadores son lúcidos y laboriosos, han recuperado su dignidad. Sus jóvenes son inteligentes y creativos a la espera de un espacio que los incluya. Sus gremialistas honestos y corajudos, preparados para dar batalla contra el avance multinacional. Sus científicos capaces y pujantes, a la altura de sus colegas del primer mundo. Sus docentes cultos y agudos, decididos a no darse por vencidos frente a la pobreza de recursos y la marginalidad de sus alumnos.

Pino imprime a su mirada una dignidad que emociona, sin caer en el golpe bajo ni extenderse en el sentimentalismo de ciertos noticieros televisivos. Y sus protagonistas son reales, una obviedad que en su argumentación es vital. Existen aquí, en Argentina, y han logrado lo que para muchos es un imposible. Solanas, cineasta militante, con algunas limitaciones formales pero un ojo atento y reflexivo, sabe estructurar su visión para identificarnos con ella. Y es capaz, sutilmente, de trazar la historia de triunfos y derrotas que atraviesa a los argentinos a lo largo de su Historia. De recordar la influencia de la inmigración europea en el ser argentino; de acercarse a ese miedo también latente que dejó la represión militar; de reflejar el premeditado vaciamiento que nos legó la economía liberal. Y a partir de ahí, apuntar directamente al corazón de nuestro presente.

Si bien la última secuencia se presenta forzada por su súbita expansión del problema de "lo argentino" a "lo latinoamericano", por su grueso patriotismo con bandera gigante incluída y su enumeración literaria y apurada de héroes locales, lo que Solanas quería decir ya estaba dicho en las escenas precedentes. Y si su mención al gobierno kirchnerista incluye "lo bueno y lo malo", es porque el director nos invita a creer. Creer como nación, no como partido o gobierno. Este cine militante de Solanas busca potenciar el despertar político de la clase media que capturó con su cámara durante los cacerolazos del 2001, para que ejerza su poder presionando sobre el gobierno de turno. Solanas ya no elige creer en un gobierno... elige creer en nosotros. Y esta enorme responsabilidad se nos transfiere digerida a través de sus héroes anónimos, aquellos que la sostienen día a día, a espaldas de la mirada mediática de un país sin solución.

Ramiro Villani      

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