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PLATA QUEMADA

Argentina, 2000


Dirigida por Marcelo Piñeyro, con Leonardo Sbaraglia, Eduardo Noriega, Pablo Echarri, Leticia Bredice, Héctor Alterio, Ricardo Bartís.



Teniendo en cuenta que está apoyada en un libro (la novela homónima de Ricardo Piglia), Plata quemada arranca bastante mal. Esto es, valíendose de una voz en off para vehiculizar más o menos groseramente el contenido del texto escrito. Con el correr del metraje este recurso se profundizará. Más allá de los cambios, que los hubo, el director Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras –el periodista de Clarín que colaboró con la adaptación– empezaron por esquivar el abecé de este tipo de traslaciones, que recomienda reemplazar todos los párrafos que sea necesario por las acciones, incluso nuevas, que los pongan en movimiento.

La historia gira en torno de El Nene y Angel (Leonardo Sbaraglia y el español Eduardo Noriega), jóvenes delincuentes que por su método de "trabajo" se ganaron el apodo de mellizos: no se despegan, y sólo participan en un atraco cuando hay cabida para los dos. Para el delito que desencadena la trama se les suma el Cuervo (Pablo Echarri) en calidad de chofer. Corre 1965. El plan, simple en un principio, consiste en interceptar un camión de pago para alzarse con 7 millones. Obviamente, la cosa se complica. Huyen con el botín, pero se produce un tiroteo que deja malherido a Angel y a varios policías muertos. La banda, que también incluye a una suerte de coordinador (Ricardo Bartís) y a un contacto político (Carlos Roffe), pone proa a Montevideo. La idea es guardarse allí, entre las cuatro paredes de un aguantadero, hasta que pase el temporal. Pero el temporal no pasa. Los documentos falsos no llegan. La temporada en el Uruguay se convierte, pues, en una espera claustrofóbica y agobiante que exaspera los ánimos, mina las reservas y despierta los recelos de nuestros héroes. Y eso que todavía no llegó la Ley.

A la prolija puesta en época de Plata quemada no le falta cierto aire arltiano (por Roberto Arlt): amén de Valiants y Chevrolets puede verse a hombres con peinado "gardeliano", miradas torvas, semblantes oscuramente melancólicos. Es el caso de los mellizos, que a todos estos rasgos suman la rudeza... y la homosexualidad. Sí, son pareja. Y a juzgar por las voces en off y por algunos arrumacos que se prodigan, de las más apasionadas. Lo que llama la atención es que no se los vea –ni entrevea– haciendo el amor en todo lo que dura la película. Con lo que su condición de gays, al cabo, peca de un exotismo impostado, literario, falso. Semejante pacatería choca a la luz de la minuciosa exhibición del culo de Pablo Echarri, previsible pastel para la platea femenina, y de las tetas que Leticia Bredice (como la novia circunstancial de El Nene) descubre oportunamente para solaz de los espectadores del otro sexo. Lo grave no es que el film de Piñeyro (Tango feroz, Caballos salvajes, Cenizas del paraíso) sea "comercial", sino que lo sea de un modo tan rabioso y desembozado. En otras palabras: se le nota constantemente y para mal. Cada tanto Plata quemada deja escapar algún aliento emotivo: cuando desgrana la intimidad del atraco revelando las tensiones del "día previo" y ciertos códigos del hampa; cuando Noriega, compenetrado, hace de Angel un loco inquietante, contenido pero a punto de estallar. Cuando Echarri, no sin esfuerzo, logra elevarse por encima de las puteadas –esas que tantos guiones indolentes convirtieron en su especialidad– para dotar al Cuervo de simpatía y gracia.

Todo lo demás forma parte de una gimnasia rutinaria, aplastante. Desde los trajes negros que parecen calcados de los de CQC (el programa de Mario Pergolini, que es uno de los coproductores del film) hasta el "número vivo" de la cantante Adriana Varela, que debe haber sido incluido para facilitar la colocación del producto del otro lado del océano. Desde la endeble bravura de Sbaraglia (cuya eficacia ronda evidentemente otras latitudes) hasta la sobreactuación de Bartís y la chatura de las frases imposibles que el libreto puso en boca de Bredice. Desde la pereza del montaje hasta todas esas líneas de diálogo que ya no proyectan pesadas cargas literarias, sino la sombra de ese viejo cine argentino inflado, altisonante, que todos quisiéramos olvidar. Muy bien fotografiado, por supuesto.

Guillermo Ravaschino      


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