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Primer Plano en Punta del Este 2001


Fin de fiesta


Anticipo  |  Promediando


PUNTA DEL ESTE.– Con bombos y platillos terminó en este balneario "Europa, un cine de Punta", cuarta edición de la muestra de prestrenos europeos. No hubo bombos en rigor, pero sí platillos, o más bien canapés, ya que el evento culminó en el Club de Balleneros, una casa muy bien puesta, con jardín, piscina y vista al mar, a la que fuimos gentilmente invitados la noche de la clausura. Vayamos a algunas de las películas que fueron proyectadas en la sala del Cantegril durante la segunda mitad de esta maratón cinematográfica.

Los ríos de color púrpura (Francia, 2000. Dirigida por Mathieu Kassovitz). Este policial francés concitaba muchas expectativas, habida cuenta de que su director es nada menos que Mathieu Kassovitz, cuyo prometedor segundo largometraje, El odio (La Haine, 1995), tuvo su estreno comercial en Buenos Aires. Lo que también suscitaba eran temores, o prejuicios: se sabía que Los ríos de color púrpura venía distribuida por una major estadounidense, que había costado muchos millones –no ya de francos sino de dólares– y se temía que la personalidad y el talento de un director independiente volvieran a quedar pulverizados bajo el peso de los esquemas que este tipo de superproducciones casi siempre conllevan.

Sucedió algo muy parecido a eso, pero no desde el principio. Todo empieza vigorosamente, con un sugestivo –y bienvenidamente morboso– paneo por un cadaver que fue objeto de espantosas torturas y mutilaciones. La música, que está muy bien compuesta, y la cámara, que depara vistosos travellings aéreos y otros lujos, complementan el brioso arranque, instalándonos en un pueblito de provincias en el que todo gira en torno de la universidad local. Que es la más prestigiosa de Francia y –quizá por eso– cobija a toda clase de malos bichos: docentes hipócritas, alumnos carreristas, graduados resentidos. Allí apareció el cadáver y allí, también, se concentra la pesquisa. Que a falta de uno, tiene a dos sabuesos como animadores. Por un lado un comisario que es una leyenda y al que interpreta el famoso Jean Reno (El perfecto asesino), cuyo carisma y simpatía fueron por lo menos desaprovechados: sus diálogos y gestos remiten a las fórmulas más gastadas de los superpolicías hollywoodenses. Por el otro, un teniente joven, algo mejor elaborado por Vincent Cassel. Las labores de ambos policías confluyen al promediar el metraje, lo que da pie al no menos transitado esquema de las buddy movies, en las que dos sujetos que no se miran con simpatía se ven forzados a congeniar en pos de un objetivo común.

La cosa empeora cuando aparece un segundo cadáver, en el que Reno, con una velocidad rayana en el absurdo, empieza a leer complejas pistas plantadas deliberadamente por el asesino. La conclusión es obvia: "este quiere que lo atrape". Estas pistas conducen a otras, cada vez más rebuscadas, con lo que el periplo del thriller se aproxima a una versión de La Búsqueda del Tesoro, juego que, aunque no estaba mal, tiene muy poco que ver con los policiales que se precian. Llega un punto en que a Kassovitz todo se le va de las manos. Entonces le da la espalda a las tradiciones del policial y a las leyes más nobles del cine, para entregarse a otro juego, bastante más inoportuno que el anterior: el de acumular infernales dosis de información verbal en pocos minutos. La información, encima, es completamente ingenua, endeble, inverosímil. Al último tramo del film le va decididamente mal: no sólo resulta imposible seguirlo... ni siquiera vale la pena.

Alaska.de (Alemania, 2000. Dirigida por Esther Gronenborn). Este es uno de esos films independientes en el plano industrial (básicamente por su bajo presupuesto), e industriales –o de fórmula– en el plano artístico. Cuenta la historia de Sabine y Eddie, dos adolescentes cuyos destinos se cruzan en un barrio marginal de las afueras de Berlín. Un barrio muy parecido al de El odio (del Mathieu Kassovitz arriba mencionado), tanto en su topografía –hay una terraza prácticamente idéntica a la del film aquel– como en los perfiles de los jóvenes que lo habitan. La muerte violenta de uno de esos jóvenes es el gran disparador de la odisea de Sabine, ya que la chica, quien hizo más que buenas migas con Eddie, cree ver al asesino, el amigo más pesado (y tosco) de él. El mayor problema de Alaska.de tiene que ver con la estética, o más bien con la cosmética. No se trata de crucificar las cámaras movidas, los desenfoques, los empalmes "rítmicos" (al compás de canciones de moda) ni cualquiera de los otros rasgos que caracterizan al videoclip, pero el film de Esther Gronenborn está atestado de ellos. Y no sólo resultan gratuitos, desligados del tono dramático, sino que contrastan, por éxóticos, con la pasmosa ordinariez de la trama. Que avanza y se resuelve del modo más previsible del mundo.

El pequeño Tony (Holanda, 1998. Dirigida por Alex Van Warmerdam). Esta es una comedia negra bastante inusual, dirigida, escrita, producida y protagonizada por un mismo hombre, el holandés Alex Van Warmerdam. Que anima a Brandt, un campesino analfabeto que vive con su esposa, una mujer muy gorda y de modales brutos. La peripecia se esboza cuando Brandt contrata a una maestra para que le enseñe a escribir: esta muchacha tiene todo lo que le falta a su esposa (o mejor: ¡carece de todo lo que le sobra!) y Brandt no tarda en mostrarse atraído. Hete que a la gorda, al tanto de la situación, se le ocurre proponerle a su marido la siguiente farsa: simular que no son cónyuges sino hermanos, para que él concrete un amorío con la maestra... hasta que se le pasen las ganas. Cierto que suena ridículo, pero es una comedia y está llevada con bastante gracia. El personaje de Warmerdam no deja de ser simpático, y las dos féminas lo acompañan sin desafinar. Eso sí: la película se hace algo larga (aunque dura apenas 95 minutos) y el costado negro, que es siniestro pero también grotesco, acaba sacándole varios cuerpos de ventaja al cómico.

La comunidad (España, 2000. Dirigida por Alex de la Iglesia). Este film suscitó aun más temores y expectativas que el de Mathieu Kassovitz (ver más arriba). No era para menos: Alex de la Iglesia es el director de El día de la bestia, una película genial, una exquisita mezcla de humor y horror como se han visto muy, pero muy pocas. Pero también es un cineasta al que las garras de Hollywood (en las que cayó con Perdita Durango) lo dejaron muy maltrecho. Por fortuna, en este caso la mayor parte de los temores se diluyeron con la proyección.

Todo empieza cuando Julia (Carmen Maura, que debuta al mando de Alex) encuentra una millonada de pesetas escondidas en el departamento de un anciano recientemente muerto. Empleada de una inmobiliaria, ella trataba de vender el piso de abajo de ese mismo edificio. Y decide quedarse a vivir ahí hasta idear el modo de sacar una valija con el dinero. Por supuesto que las cosas se complican. La pobre Julia pasará en el edificio muchos más días y calvarios de los que jamás imaginó.

Como cabía esperar de este director, el relato ofrece una llamativa mixtura de ingredientes fílmicos. El consorcio del edificio en cuestión está integrado por unos seres pérfidos y oscuros, que meten tanto miedo como los que deambulaban por El inquilino (Roman Polanski, 1976); hay un gordito que se disfraza de Darth Vader (el de La guerra de las galaxias); varios tramos de la partitura y unos cuantos encuadres remiten a Alfred Hitchcock, y sigue la lista. Pero lo que importa lo es la lista de los guiños sino el hecho de que no son gratuitos, de que se integran más o menos ajustadamente con la trama.

Aunque no ofrece tanto horror ni tanto humor como El día de la bestia, La comunidad se las rebusca para salir airosa en ambos campos, tan difíciles de combinar. Tiene un ritmo sostenido, una puesta en escena muy sólida. Y a una Carmen Maura que reedita la frescura y algunos de los mejores pasos de sus días junto a Pedro Almodóvar.

Guillermo Ravaschino